—Ea, regañón, no refunfuñes, profirió Oliverio sonriendo, almorzaré con vosotros.

—¡Bravo! ¡bravo! exclamó Luisa.

Y con ayuda de Teresa, que era su madre, así como Loick su padre, la joven empezó a preparar lo todo para el almuerzo.

—Pero ya lo saben Vds., dijo Oliverio; nada mejicano; no quiero oír hablar de la detestable cocina de esta tierra.

—Nada tema, contestó Luisa sonriendo; almorzaremos a la francesa.

—Magnífico; esto dobla mi apetito.

Mientras las dos mujeres iban y venían de la cocina al comedor para preparar el almuerzo y poner la mesa, Oliverio y Loick habían quedado solos al pie de la ventana y sostenían conversación animada.

—¿Y V. siempre satisfecho? preguntó Oliverio a su anfitrión.

—Siempre, respondió Loick; don Andrés de la Cruz es un buen amo; además, como V. sabe, me relaciono poco con él.

—Es cierto; V. sólo se las ha con don León Carral.