—No me quejo de él, pues pese a ser mayordomo es sujeto excelente; nos entendemos a las mil maravillas.
—Mejor que mejor; hubiera sentido lo contrario. Por otra parte, si V. consintió en tomar este rancho se debe a mi recomendación; así pues si ocurriese algo...
—Se lo diría a V. sin ambages, don Oliverio; pero por este lado todo marcha a pedir de boca.
El aventurero fijó una mirada escrutadora en su interlocutor, y profirió:
—¿Conque hay algo que vaya mal por otro lado?
—No digo eso, señor, balbuceó con turbación el vaquero.
—Recuerde V., Loick, dijo Oliverio con severidad y moviendo la cabeza, las condiciones que le impuse cuando le concedí mi perdón.
—Las tengo fijas en mi memoria, señor.
—¿No ha hablado V. a nadie?
—A nadie.