—¿Así pues, Domingo continúa creyendo...?

—Sí, señor, respondió el vaquero inclinando la cabeza; pero no me lleva el más mínimo afecto.

—¿En qué se funda V. para hacer semejante suposición?

—¡Oh! estoy seguro de lo que digo, señor; desde que V. se lo llevó a las praderas, su carácter ha cambiado radicalmente: los diez años que pasó lejos de mí le volteó del todo indiferente.

—Tal vez obedezca a un presentimiento, murmuró sordamente el aventurero.

—¡No diga V. esto, señor! exclamó con espanto Loick; la miseria es mala consejera; muy culpado fui; ¡pero si V. supiese cuán arrepentido estoy de mi crimen!

—Lo sé, y por esto le perdoné. Día llegará en que el verdadero culpado recibirá el castigo que merece.

—Sí, señor, y me estremece a mí, miserable, estar envuelto en este siniestro drama cuyo desenlace va a ser terrible.

—Terrible será en efecto, y V. va a presenciarlo, Loick, profirió en voz enérgica y reconcentrada Oliverio.

El vaquero dio un suspiro que no pasó por alto a su interlocutor.