—No he visto a Domingo, dijo el aventurero, variando súbitamente de tono; ¿duerme todavía?
—Le instruyó V. demasiado bien para que así sea, señor; de todos nosotros es el primero en levantarse.
—¿Cómo pues no se encuentra aquí?
—Salió, respondió con vacilación el vaquero; ¡caramba! tiene ya veintidós años y es libre de sus acciones.
—¡Ya! murmuró el aventurero con acento sombrío.
Luego, moviendo la cabeza, añadió:
—Almorcemos.
El almuerzo empezó bajo tristes auspicios, pero gracias a los esfuerzos de Oliverio, pronto reapareció el buen humor, y el final de aquél fue tan alegre como podía desearse.
De improviso López entró en el rancho, y dijo:
—Señor Loick, ahí está su hijo; no sé lo que trae, pero viene a pie y conduciendo de la brida a su caballo.