En efecto, un jinete era él que se iba acercando. Seguía éste el camino de Puebla, semiamodorrado sobre su cabalgadura, a la que puede decirse dejaba avanzar a su antojo, de tal suerte llevaba flojas las riendas, cuando ésta, al llegar a una como encrucijada en medio de la cual se levantaba una cruz, hurtó súbitamente el cuerpo, enderezó las orejas y retrocedió con viveza.
El jinete, inopinadamente arrancado de su sueño, o lo que es más probable, de sus meditaciones, dio un salto sobre la silla y hubiera perdido los estribos a no haber instintivamente recogido al caballo tirando de las riendas con todas sus fuerzas.
—¡Hola! dijo el jinete levantando prontamente la cabeza y llevando la mano a su machete, mientras tendía en torno de sí una mirada de inquietud; ¿qué ocurre? ¿qué significa este pavor, Moreno mío? ¡Ea! sosiégate, nadie está pensando en nosotros.
Pero por más que su amo le dirigía palabras de halago y, al parecer, los dos vivían en muy buena inteligencia, el animal no cesaba de rezongar y daba muestras más y más vivas de sobresalto.
—Esto no es natural, vive Dios; tú no acostumbras a espantarte para nada. Vamos a ver, Moreno, ¿qué ocurre?
El viajero miró de nuevo a su alrededor, pero más atentamente que la primera vez y fijando los ojos en el suelo.
—¡Ah! profirió de pronto el jinete, reparando en un cuerpo tendido en tierras Moreno tiene razón; aquí veo algo, quizás el cadáver de algún hacendero a quien los salteadores habrán dado muerte para despojarle con más libertad, y al cual habrán abandonado luego sin cuidarse más de él, veamos.
Mientras estuvo hablando de esta suerte a media voz, el jinete se apeó; pero como era prudente y probablemente hacía mucho tiempo que estaba acostumbrado a recorrer los caminos de la confederación mejicana, amartilló su fusil y se apercibió al ataque y a la defensa, por si al individuo a quien quería prestar socorro se le ocurría levantarse prontamente para pedirle la bolsa o la vida; eventualidad muy en las costumbres de aquella tierra y contra la cual y ante todo es menester prevenirse.
Se acercó pues el jinete al cadáver, y por un instante le contempló con la más grave atención.
—¡Jum! murmuró el viajero, tan pronto se hubo convencido de que nada debía temer del infeliz que yacía a sus pies, y moviendo repetidas veces la cabeza, ahí un pobre diablo que me parece está muy enfermo; si no está muerto poco le falta. En fin, por sí o por no y aun cuando me parece trabajo inútil, veamos de prestarle auxilio.