Después de este nuevo soliloquio, el viajero, que no era otro que Domingo, el hijo del ranchero de que hemos hablado más arriba, bajó el gatillo de su fusil, dejó el arma en la margen del camino y al alcance de la mano por si ocurría tener que hacer uso de ella, arrendó su caballo a un árbol, y se quitó su sarape con objeto de poder obrar con desahogo.
En tomando calmosa y metódicamente todas estas precauciones, pues era hombre cuidadosísimo en todo, Domingo descolgó las alforjas que colgaban de la grupa de su caballo, se las echó al hombro, se arrodilló al lado del cuerpo tendido, apartó a éste las ropas que le cubrían el pecho, en el que tenía una grande herida, y le auscultó.
Domingo, que era de estatura elevada, miembros armónicos y musculatura de bronce, estaba dotado de gran fuerza corporal y sus movimientos eran ágiles y virilmente graciosos; en suma, era una de esas organizaciones robustas poco comunes doquiera que sea, pero de las que con más frecuencia se encuentran ejemplares en las regiones donde las exigencias de una vida de lucha desarrollan en proporciones sobradas veces excesivas las facultades físicas del individuo.
Veintiocho años le hubiera echado cualquiera a Domingo, a pesar de que aún no había cumplido los veintidós. Facciones hermosas, viriles e inteligentes, grandes y negros ojos de mirar noble, frente despejada, cabellos castaños y ensortijados de suyo, boca grande y de labios un tanto gruesos, bigote arrogantemente atusado, barbilla saliente y angulosa, daban a su fisonomía una expresión de franqueza, audacia y bondad, realmente simpática, al par que le imprimía un sello de indecible distinción. Lo más singular era que aquel hombre, perteneciente a la humilde clase de vaqueros, tenía manos y pies de una pequeñez extremada, particularmente las manos, de irreprochable corte aristocrático.
Tal era en lo físico del nuevo personaje que acabamos de presentar al lector y que está llamado a desempeñar un papel importante en el decurso de nuestro relato.
—Trabajo va a costarle el recobrarse, si es que se recobra, profirió Domingo levantándose después de haber inútilmente ensayado oír los latidos del corazón del herido.
Sin embargo, lejos de perder la esperanza, el joven abrió sus alforjas y sacó de ellas un pedazo de tela, un estuche y una cajita cerrada con llave, mientras sonreía y decía entre sí:
—Por fortuna conservo mis costumbres indias y siempre traigo conmigo mi botiquín.
Y poniendo manos a la obra sin perder momento, sondeó la llaga y la lavó cuidadosamente.
De los amoratados labios de la herida salía la sangre gota a gota.