Domingo destapó un frasco lleno de un licor rojizo, vertió sobre la llaga algunas gotas del mismo y la sangre dejó de manar como por arte de magia.
Entonces y con destreza que demostraba mucha práctica, el joven vendó la herida después de aplicar a ésta con tiento sumo algunas hierbas machacadas y humedecidas con el licor rojizo que ya empleara.
El infeliz no daba señal alguna de vida; su cuerpo seguía conservando la rigidez de los cadáveres; con todo, en las extremidades persistía un poco de sudor, diagnóstico que daba a suponer a Domingo que en aquel pobre cuerpo no se había extinguido aún del todo la vida.
Después de haberlo curado con el amor que hemos visto, el joven levantó un poco al herido y le arrimó a un árbol; luego le dio en el pecho, sienes y muñecas unas friegas de ron mezclado con agua, interrumpiendo de vez en cuando su operación para fijar una mirada cuidadosa en el contraído y lívido rostro del paciente.
Todo, al parecer, debía ser inútil: contracción alguna, ni el más leve estremecimiento indicaban que el herido sustentase un átomo de vida.
Mas ¿existe algo tan firme como la voluntad del hombre que se empeña en salvar a un semejante? Domingo, por mucho que empezase a dudar formalmente del éxito de sus esfuerzos, lejos de desalentarse sintió redoblar su ardor, por lo que resolvió no abandonar la partida hasta quedar plenamente convencido de que todo auxilio era inútil.
Conmovedor era el cuadro que formaban aquellos dos hombres, uno impulsado por el santo amor de la humanidad, encarnizándose, si vale la palabra, en prodigar al otro los más solícitos y paternales cuidados, al pie del redentor signo de la cruz, en medio de un camino desierto y durante una noche tranquila y clara.
Domingo interrumpió de improviso las friegas, y dándose una palmada en la frente cual si de su cerebro hubiese surgido súbito un pensamiento, murmuró:
—¿Dónde diablos tengo la cabeza?
Y empezó a sacar objetos de sus alforjas, que parecían inagotables, tal cantidad de adminículos encerraban, hasta que dio con una calabaza tapada cuidadosamente; luego destapó la calabaza, entreabrió con la hoja de su cuchillo los apretados dientes del herido, y al par que con ansiedad examinaba el semblante de éste, le vertió en la boca parte de lo que contenía la referida calabaza.