Dos o tres minutos después el herido se estremeció casi imperceptiblemente y movió los párpados cual si hubiese intentado abrirlos.

—¡Ah! murmuró Domingo con alegría, lo que es esta vez me parece que voy a triunfar.

Y colocando la calabaza a su lado, anudó las friegas con nuevo ardor.

A los redoblados esfuerzos del joven, el herido exhaló un suspiro suave, sus miembros empezaron a perder su rigidez, y su respiración, aunque débil y entrecortada, se hizo más distinta; las facciones se le aflojaron, los pómulos se le salpicaron de manchas encarnadas, y a pesar de que continuaba con los ojos cerrados, movió los labios cual si hubiese querido proferir algunas palabras.

—¡Bah! murmuró Domingo con acento de satisfacción, todavía no ha muerto, pero de buena habrá escapado si se salva. ¡Bravo! he aprovechado el tiempo. Pero ¿quién puede haberle dado tan furiosa estocada? En Méjico nadie se bate a espada. Por mi alma que si no temiese inferirle injuria, casi me atrevería a asegurar que conozco al individuo que ha aviado de tan mala manera a este infeliz; pero paciencia; como hable, que hablará, el demonio me lleve si por astuto que sea no le hago cantar con quien se las ha habido.

Ínterin, la vida, después de haber por largo tiempo vacilado en penetrar de nuevo en aquel cuerpo al que casi abandonara, había empeñado una lucha encarnizada contra la muerte, a la que por momentos hacía perder terreno; los movimientos del herido iban siendo más y más marcados y sobre todo más inteligentes, y por dos veces había abierto éste los ojos, si bien para cerrarlos otra vez y casi al punto. La mejoría era sensible, y no era ya sino asunto de tiempo él que recobrase la razón.

Domingo tomó un vaso, vertió en él un poco de agua en la que echó contadas gotas del licor encerrado en la calabaza, y lo acercó a la boca del herido, el cual abrió los labios y bebió, dando después un suspiro de alivio.

—¿Qué tal se encuentra V.? le preguntó con interés el joven.

Al son de aquella voz desconocida, el herido se estremeció, hizo un ademán como si hubiese querido repeler una imagen espantosa, y murmuró con voz sorda:

—¡Máteme V.!