—¡Cómo se entiende que le mate! me guardaré muy bien, profirió alegremente Domingo: no me afané en resucitarle para eso.

El herido entreabrió los ojos, tendió una mirada despavorida en torno de sí, y fijándola luego y con espanto indecible en el joven, exclamó:

—¡El enmascarado! ¡el enmascarado! ¡oh! ¡atrás! ¡atrás!

—Fuerte ha sido la conmoción cerebral, dijo entre sí Domingo; es pábulo de una alucinación febril que, de persistir, podría parar en la demencia. ¡Jum! el caso es grave. ¿Qué hacer para aplicar remedio al mal?

—¡Verdugo! prosiguió en voz apenas perceptible el herido, ¡mátame!

—Parece que está aferrado a esta idea, murmuró Domingo; este hombre cayó en una emboscada horrible; su conturbado espíritu sólo le recuerda la última escena de muerte en la que tan desgraciado papel le tocó desempeñar; es menester concluir de una vez y devolverle la tranquilidad necesaria a su salud, o de no está perdido.

—Ya lo sé, dijo el herido, que oyera claramente las últimas palabras pronunciadas por Domingo; mátame pues y acaba con mis padecimientos.

—¡Ah! ¿me oye V., señor? profirió Domingo; perfectamente; entonces escúcheme sin interrumpirme; yo no soy uno de los que le redujeron al estado en que V. se encuentra, sino un viajero a quien el acaso, o más bien dicho la Providencia condujo por este camino para que le auxiliase a V., y aquí estoy para salvarle. ¿Me comprende V.? Así pues, déjese de quimeras y olvide si puede, a lo menos por ahora, lo que ocurrió entre usted y sus asesinos; a mí no me anima otro deseo que él de serle útil, y en prueba de ello, sepa que a no ser el auxilio que le he prestado, en lo presente ya estaría V. muerto y bien muerto; no oponga obstáculos a la tarea ya de suyo tan dificultosa que me he impuesto, y sepa que su salvación desde este momento depende exclusivamente de V.

El herido hizo un movimiento atropellado para levantarse, pero sus fuerzas le engañaron y cayó otra vez, dando un suspiro de desaliento y murmurando:

—¡No puedo!