—Yo lo creo, herido como está V., repuso Domingo, es milagro que la horrorosa estocada que recibió no le haya matado instantáneamente. Ea, no resista más a lo que la humanidad me manda hacer por V.
—¿Si no asesino, quién es V. pues? preguntó con desasosiego el herido.
—¿Que quién soy? un pobre vaquero que le encontró a V. aquí agonizando y tuvo la fortuna de devolverle la vida.
—¿Y V. me jura que le animan buenas intenciones?
—Por mi honra se lo juro a V.
—Gracias, murmuró el herido.
Uno y otro interlocutor guardaron silencio por espacio de algunos segundos, al cabo de los cuales y con reconcentrada energía el herido pronunció estas palabras:
—¡Oh! ¡quiero vivir!
—Comprendo este deseo y le hallo muy natural, dijo Domingo.
—Sí, quiero vivir, porque necesito vengarme.