—Justo es; la venganza está permitida.

—¿V. me promete salvarme?

—Haré cuanto esté en mi mano para conseguirlo.

—Estoy rico y le recompensaré a V.

—¿A qué hablar de recompensa? profirió Domingo moviendo la cabeza. ¿V. cree que la abnegación se compra?. Guarde V. su dinero, señor, pues como no lo necesito de nada me serviría.

—Sin embargo, mi deber...

—Ea, basta sobre el particular, por favor se lo ruego, o de no va V. a inferirme grave ofensa. Al salvarle a V. la vida cumplo con mi obligación, y de consiguiente no me cabe derecho a recompensa alguna.

—Obre V. pues como más bien le plazca.

—Ante todo prométame V. que no va a oponer ninguna objeción a lo que yo estime conveniente hacer en pro de su salvación.

—Lo prometo.