—Así nos entenderemos perfectamente. Pronto va a amanecer, y por lo tanto debemos no permanecer aquí más tiempo.
—¿Y a dónde quiere V. que yo vaya si me siento tan endeble que no puedo menearme lo más mínimo?
—No se apure por eso; le colocaré a V. sobre mi caballo y haciendo marchar éste al paso le conduciré a lugar seguro sin que sufra mucho traqueteo.
—Me entrego.
—Es lo mejor que puede V. hacer. ¿Quiere usted que le conduzca a su casa?
—¿Mi casa? profirió con mal disimulado espanto el herido al par que hacía un movimiento como si hubiese querido huir; ¿así pues V. me conoce y sabe dónde vivo?
—No sé quién es V. ni dónde está su casa.
—¿Cómo quiere V. que esté al tanto de estos pormenores si esta noche es la primera vez que le veo?
—Es verdad, murmuró el herido hablando consigo mismo; estoy loco; ése es hombre de buena fe. Luego, dirigiéndose a Domingo, añadió con voz entrecortada y apenas perceptible: soy un viajero; vengo de Veracruz y me dirigía a Méjico, cuando prontamente me vi atacado, despojado de cuanto poseía y abandonado por muerto al pie de esta cruz donde V. me encontró providencialmente; en este instante no tengo otro domicilio que él que a V. le plazca ofrecerme. Ahí mi historia, sencilla como la verdad.
—Tanto si es verdadera como no, nada me importa, señor, objetó Domingo; no me asiste derecho a inmiscuirme por fuerza en sus asuntos de V. Así pues, ahórrese el trabajo de comunicarme noticias que no le pido; nada me aprovechan, y en el estado en que V. se encuentra no pueden menos de serle perjudiciales, ya por la excesiva aplicación a que le sujetan el espíritu, ya porque le obligan a hablar.