En efecto, gracias solamente a un poderoso esfuerzo de voluntad, el herido había logrado sostener una conversación tan larga; la sacudida que experimentara había sido excesivamente recia y demasiado grave su herida para que a pesar de su ardiente deseo le fuese dable continuar la discusión sin peligro de caer en un síncope más peligroso que no él de que le sacara por modo tan milagroso su salvador. Sintiendo el pulsar de sus arterias, inundadas de sudor las sienes, oscurecida la vista, y que sus ideas, tan trabajosamente coordinadas, se le desvanecían de nuevo, comprendió qua sería locura prolongar su resistencia; se dejó caer pues hacia atrás con desaliento, y exhalando un suspiro de resignación, murmuró en voz débil:

—Haga V. de mí según su voluntad, amigo mío; me siento morir.

Domingo, que con ojos conturbados siguiera los movimientos del infeliz, se apresuró a darle de beber algunas gotas de cordial en él que había vertido un licor soporífero; socorro eficaz para el herido, que pareció recobrar la vida.

—Cállese V., dijo el joven a éste, al ver que quería darle las gracias; ya ha hablado usted sobradamente.

Y envolviéndole cuidadosamente en su capa, le tendió en el suelo y añadió:

—Así está V. bien; no se mueva y vea de dormir mientras yo estudio el modo de llevármele de aquí cuanto antes.

El herido no opuso resistencia; habiendo ya obrado en él el soporífero, sonrió suavemente, cerró los párpados y a no tardar quedó sumergido en sueño tranquilo y reparador.

Domingo, completamente satisfecho, le contempló por un instante, y luego murmuró con no fingida alegría:

—Prefiero verle así que no cual a mi llegada; pero todavía no está salvado. Ahora es menester partir lo más pronto posible si no quiero que me lo impidan los importunos que antes de poco van a infestar este camino.

Domingo desarrendó su caballo, le puso otra vez las bridas, le condujo al lado del herido, y después de haber preparado una especie de cama en la grupa del animal con algunas mantas a las que añadió su sarape, de que se despojó sin vacilar, levantó al paciente en sus nervudos brazos, con tanta facilidad como si hubiese sido un niño, y le colocó con tiento sumo sobre la cama, en la que le acomodó lo más bien que supo, cuidando, al mismo tiempo, de sostenerlo para evitar una caída que indefectiblemente hubiera sido mortal.