Una vez el joven se hubo asegurado de que el herido se encontraba en posición tan cómoda como permitían las circunstancias y sobre todo los deficientes medios de transporte de que disponía, arreó a su caballo, y empuñando las riendas echó a andar sin moverse del lado de aquél para sostener en equilibrio la cama, alejándose en dirección al rancho en el que le hemos precedido de una hora para introducir en él al aventurero.


[IX]

DESCUBRIMIENTO

Domingo seguía adelante paso ante paso, sosteniendo con mano firme al herido tendido sobre la silla de su caballo y vigilándole como una madre a su hijo, sin otro deseo que él de llegar lo más pronto posible al rancho a fin de prestar a aquel desconocido que a no ser él habría muerto por modo tan miserable, todos los cuidados que su estado reclamaba todavía.

No obstante la impaciencia que devoraba a Domingo, por desgracia a éste le era imposible apresurar el paso de su caballo al través de aquellos caminos cruzados de torrentes y casi impracticables, si no quería exponer a grave accidente al herido. Así pues, cuando al encontrarse a dos o tres tiros de fusil del rancho vio que se dirigían corriendo hacia él gran número de personas, si bien de momento no conoció quienes eran experimentó una satisfacción indecible, pues representaban un socorro, y éste, por más que le contrariase confesarlo, le era ya necesario a él y sobre todo al herido, porque hacía ya muchas horas caminaba penosamente al través de senderos intransitables al mismo tiempo que se veía obligado a velar constantemente por aquel a quien por milagro tan incomprensible salvara de una muerte cierta y al que el más leve descuido podía cortar instantáneamente el hilo de la existencia.

Cuando los hombres que corrieron al encuentro de Domingo se encontraron a pocos pasos de él, el joven se detuvo y gritó con el alborozo propio del que se ve libre de una grave responsabilidad:

—Acudan pronto, ¡caramba! tiempo hace que deberían encontrarse Vds. aquí.

—¿Qué quiere V. decir, Domingo? profirió en francés el aventurero. ¿Tan premiosamente necesita V. de nosotros?

—¡Hombre! parece que esto lo desoja a usted; ¿no ve que conduzco a un herido?