—¡Un herido! exclamó Oliverio plantándose de un tremendo salto al lado del joven; ¿de qué herido está V. hablando?

—¡Cáspita! del que como Dios me ha dado a entender he sentado sobre mi caballo y no sentiría verle en un buen lecho, del cual, dicho sea entre nosotros, necesita grandemente; porque si todavía vive, por mi alma que lo debe a un incomprensible milagro de la Providencia.

El aventurero, sin responder, levantó prontamente el sarape que cubría el rostro del herido, a quien por espacio de algunos segundos contempló con expresión de angustia, dolor, cólera y pesar imposibles de describir. Su semblante, palidecido súbitamente, había adquirido tonos cadavéricos, un temblor convulsivo le conmovía todos los miembros, y sus pupilas, fijas en el herido, asumían una expresión singular y parecían fulminar rayos.

—¡Oh! murmuró en voz baja y entrecortada por la tempestad que rugía en el fondo de su corazón, ¡este hombre! ¡Es él! ¡sí, es él! ¡no está muerto!

Domingo, no entendiendo palabra de las que profería Oliverio, miraba a éste con extrañeza y como quien no sabe qué pensar de lo que está viendo, hasta que por fin reventó en cólera, diciendo:

—¡Ah! ¿qué significa eso? ¿Salvo a un hombre Dios sabe como, a fuerza de cuidados y al través de innumerables dificultades consigo conducir hasta aquí al desventurado que a no ser yo hubiera perecido como un perro, y le recibe V. de esta suerte?

—Sí, regocíjate, respondió el aventurero con acento de amargura, has llevado a término una acción loable, y por ello te felicito, amigo mío. Quépale la seguridad de que dentro de poco vas a tocar la recompensa.

—Ya sabe V. que no le entiendo, replicó el joven.

—¡Y qué necesidad tienes de comprenderme, infeliz! profirió con desdén y encogiendo los hombros Oliverio; has obrado a impulsos de tus sentimientos, sin meditar y sin intención oculta; de consiguiente no tengo que echarte nada en cara ni darte explicación alguna.

—¿Pero me hace V. el favor de explicarse de una vez?