—¡Detenedla! exclamó Ruperto levantándose, pues de lo contrario va a suceder alguna desgracia.
Los tres hombres se precipitaron hacia la joven; esta, medio muerta de terror, hacía esfuerzos inútiles para abrir la puerta de la venta y escaparse.
Pero de improviso, en el momento en que los tres hombres ponían sus rudas y callosas manos sobre los hombros blancos y delicados de Carmela, la puerta de la venta, que en vano procuraba abrir, se abrió de par en par, y en sus umbrales apareció un hombre.
—¿Qué sucede aquí? preguntó con voz sombría; y cruzando los brazos sobre el pecho, permaneció inmóvil en su sitio mirando alternativamente a los circunstantes.
Era tan amenazador el acento de aquel hombre, sus ojos lanzaban unos relámpagos tan sombríos, que los tres hombres, aterrados, retrocedieron maquinalmente hasta la tapia de en frente, murmurando con espanto:
—¡El Jaguar! ¡El Jaguar!
—¡Sálveme V.! ¡Sálveme V.! exclamó la joven precipitándose hacia él llena de desconsuelo.
—Sí, dijo el Jaguar con voz profunda; sí, te salvaré, Carmela, ¡y desgraciado él que toque a un solo cabello tuyo!
Entonces, cociéndola suavemente en sus nervudos brazos, la colocó con el mayor cuidado en una butaca, en donde la joven quedó medio desmayada.
El hombre a quien tan bruscamente acabamos de poner en escena, era muy joven todavía; su rostro imberbe hubiera parecido el de un niño si sus facciones correctas y de una belleza casi femenina no hubiesen estado animadas por dos ojos grandes y negros, cuya mirada tenía un brillo fulgurante y una fuerza magnética que pocos hombres se juzgaban capaces de soportar.