—¡Oh! ¡Oh! dijo uno de ellos levantando sabiamente la cabeza, ¿de veras ha dicho eso?

—Así parece, puesto que yo lo oí, repuso brutalmente Ruperto.

La joven dirigió una mirada de espanto en torno suyo, como para implorar una protección ausente.

—No está aquí, dijo Ruperto con malvada expresión, y por lo tanto es inútil que le busque V.

—¿Quién? dijo Carmela vacilando entre lo vergonzoso de la suposición y el espanto de su posición peligrosa.

—¡Él! respondió Ruperto con ironía. Escuche V., Carmela: varias veces se ha enterado V. ya de nuestros negocios más de lo que convenía; repetiré ahora las palabras que hace un instante, dijo V. al capitán: ¡tenga V. cuidado!

—Sí, dijo brutalmente el segundo interlocutor, porque podríamos olvidar que no es V. más que una chiquilla y hacerla pagar muy caras sus delaciones.

—¡Bah! dijo el tercero, que hasta entonces se había contentado con beber sin tomar parte en la conversación, la ley debe ser igual para todos: si Carmela nos ha vendido, es preciso que se la castigue.

—¡Bien dicho, Bernardo! exclamó Ruperto dando un puñetazo sobre la mesa; justamente somos los suficientes para pronunciar la sentencia.

—¡Dios mío! gritó Carmela desembarazándose con viveza de la presión del hombre que hasta entonces la había mantenido sujeta, ¡déjeme V.! ¡déjeme V.!