—Déjeme V. en paz, Ruperto, no está V. contento sino cuando me atormenta.
El mejicano la miró fijamente y le dijo con sequedad:
—No cambie V. de conversación, Carmela; la pregunta que la dirijo es muy grave.
—Es posible, pero nada tengo que contestar.
—Porque sabe V. que ha obrado mal.
—No entiendo.
—¡De veras! Pues bien, entonces voy a explicárselo. En el momento en que el oficial iba a marchar le ha dicho V.: «¡Tenga V. cuidado!» ¿Se atreverá V. a negarlo?
La joven se puso muy pálida, e intentando chancearse dijo:
—Puesto que me ha oído V., ¿por qué me lo pregunta?
Los otros dos campesinos habían fruncido el entrecejo al oír la acusación de Ruperto; la posición iba siendo grave.