—Mucha prisa tiene V. de escaparse. ¿Teme V. que su novio la sorprenda hablando conmigo?

Los compañeros de Ruperto se echaron a reír, y la joven se quedó muy cortada.

—No tengo novio, Ruperto, ya lo sabe V., contestó al fin con los ojos arrasados en agua, y hace V. mal en insultar a una pobre muchacha indefensa.

—¡Bueno, bueno! Yo no insulto a V., Carmela; ¿qué mal hay en que una linda niña tenga un novio, y aunque sean dos?

—Déjeme V., exclamó la joven haciendo un movimiento brusco para desembarazarse.

—No la dejo a V. hasta tanto que haya contestado a mi pregunta.

—Pues haga V. pronto esa pregunta y concluyamos.

—Pues bien, arisca niña, tenga V. la bondad de repetirme lo que dijo en voz baja a ese almibarado capitán.

—¡Yo! respondió Carmela algo confusa; ¿qué quiere V. que le haya dicho?

—He ahí justamente el asunto, niña: no quiero que le haya V. dicho cierta cosa, y por eso deseo saber que ha sido ello.