—Aguarde V. un momento, Carmela.

—Deje V. mi vestido, Ruperto, dijo Carmela haciendo un gestecito de mal humor; me le va V. a rasgar.

—¡Bah! repuso Ruperto riéndose con insolencia, ¿tan torpe me juzga V.?

—No, pero no me convienen esos modales.

—¡Oh! ¡Oh! No está V. siempre tan arisca, mocita.

—¿Qué quiere V. decir? repuso Carmela ruborizándose.

—¡Basta! Yo me entiendo, pero por el momento no se trata de eso.

—¿Pues de qué se trata? preguntó la joven con fingida sorpresa; ¿no le he servido a V. ya el mezcal que pidió?

—Sí, sí, pero tengo que decirla una cosa.

—Bueno, pues diga V. pronto y déjeme marchar.