Durante algunos instantes, los pocos campesinos que habían presenciado la partida de la tropa siguieron con la vista su marcha por las sinuosidades del camino; luego entraron en la venta uno tras otro.
La joven estaba sola sentada sobre un escaño, y al parecer ocupándose con actividad en componer un vestido. Sin embargo, por el temblor casi imperceptible que agitaba su cuerpo, por el rubor de su frente y por la mirada tímida que dejó filtrar bajo sus largos párpados al ver entrar a los campesinos, era fácil adivinar que la calma que fingía estaba muy lejos de su corazón, y que, por el contrario, la atormentaba un temor secreto.
Los campesinos eran tres, todos ellos hombres en la fuerza de la edad, de facciones duras y acentuadas, de mirada torva y de modales bruscos y brutales.
Llevaban el traje mejicano de las fronteras, e iban bien armados.
Se sentaron en un banco colocado delante de una mesa tosca, y uno de ellos dio un puñetazo fuerte sobre la tabla y se volvió hacia la joven diciéndola bruscamente:
—¡Queremos beber!
La joven se estremeció y levantó la cabeza en seguida.
—¿Qué desean VV., caballeros? preguntó.
—Mezcal.
La joven se levantó y se apresuró a servirles. El que había hablado la agarró del vestido y la detuvo en el momento en que se disponía a alejarse, diciéndola: