La joven aprovechó el momento en que el rostro del oficial se aproximaba al suyo para decirle rápidamente y en voz muy baja estas palabras:
—¡Tenga V. cuidado!
—¿Cómo? dijo el oficial mirándola fijamente.
La joven, sin contestar, puso el dedo índice en sus rosados labios, y volviéndose con viveza, entró corriendo en la venta.
El capitán se enderezó sobre la silla, frunció su negro entrecejo y dirigió una mirada amenazadora a los dos o tres individuos que estaban recostados en la tapia; pero muy luego sacudió la cabeza y murmuró con desdén:
—¡Bah! No se atreverían.
Entonces desenvainó su sable, cuya hoja lanzó un relámpago deslumbrador al ser herida por los rayos del sol, y poniéndose a la cabeza de la escolta dijo:
—¡En marcha!
Partieron.
Las mulas siguieron el esquilón de la nena o mula que sirve de guía, y los dragones, dispuestos en torno de la recua, la encerraron en su centro.