El Jaguar se sentó delante de la mesa en que un momento antes estaban bebiendo los tres hombres, apoyó la cabeza en ambas manos y pareció que quedaba sepultado en serias reflexiones.

Carmela le miraba con una mezcla de interés y de temor, sin atreverse a dirigirle la palabra.

Por último, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante largo, el joven levantó la cabeza y miró en torno suyo como si despertase de un sueño profundo.

—¿Ha permanecido V. ahí? dijo a la joven.

—Sí, respondió Carmela con dulzura.

—Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me aborrecen.

—¿No hago bien?

El Jaguar se sonrió con tristeza; pero respondió a esta pregunta haciendo otra, táctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su pensamiento.

—Ahora, dijo, cuénteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos miserables.

La joven pareció como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidió y confesó las palabras que había dicho al capitán de dragones.