El Jaguar frunció el entrecejo y preguntó:

—¿Por qué es eso?

Carmela se ruborizó y bajó los ojos sin responder; el Jaguar la examinó un momento con una mirada penetrante.

—Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostería desagrada a alguien, quizás a él.

—¿Por qué ha de desagradarle? Me parece que él no es el amo.

—¡Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, ¿verdad?

La joven hizo una seña afirmativa.

El Jaguar se levantó con violencia y se paseó presuroso por la sala de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada inquieta, el Jaguar se paró bruscamente delante de ella, levantó la cabeza, y mirándola con fijeza preguntó:

—Y a V., Carmela, ¿le desagrada mi presencia en este sitio?

La joven permaneció silenciosa.