—Odio tan estúpido como injusto.

—Y del cual no participa V., ¿verdad? preguntó el joven con viveza.

—No, no participo de él; pero padezco al ver la obstinación de V., porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno.

—¡Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene V. razón y dar un mentís a los que me insultan de un modo cobarde cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos. Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza de que llegará un día en que me será lícito darme a conocer tal como en realidad soy, y arrancarme la máscara que ya me pesa; entonces...

—¿Entonces? preguntó Carmela viendo que se interrumpía.

El Jaguar vaciló un instante, y después dijo con voz ahogada:

—Entonces tendré que hacer a V. una pregunta y dirigirle una petición.

La joven se ruborizó levemente; pero reponiéndose en seguida, murmuró en voz baja:

—Me encontrará V. dispuesta a responder a ambas cosas.

—¿De veras? exclamó el Jaguar con alegría.