—Se lo juro a V.
Un relámpago de felicidad iluminó, cual un rayo de sol, la fisonomía del joven.
—¡Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento oportuno, recordaré su promesa.
Carmela bajó la cabeza haciendo una seña de mudo asentimiento.
Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres de la casa con esa gracia y esa ligereza de pájaro, propias de las mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al cabo de algunos instantes se acercó a la puerta y miró hacia fuera.
—Es preciso que me marche, dijo.
—¡Ah! exclamó Carmela fijando en él una mirada escudriñadora.
—Sí; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo; quizás si se lo dijese yo mismo, lo haría de mala gana; me ha parecido ver que no soy santo de su devoción.
—Voy allá, respondió la joven sonriendo.
—El Jaguar la miró alejarse y ahogó un suspiro.