—¿Qué es esto que siento? murmuró apoyando la mano con fuerza sobre su corazón, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ¿será por ventura lo que llaman amor? ¡Estoy loco! repuso al cabo de un instante; ¿acaso puedo yo amar? ¡El Jaguar! ¿Acaso se puede amar al réprobo?
Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunció, y murmuró con voz sorda:
—Cada cual tiene su misión en este mundo, ¡y yo sabré cumplir la mía!
Carmela volvió a entrar y dijo:
—El caballo estará pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue.
—Gracias, dijo el Jaguar.
Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que en Méjico hacen próximamente las veces de las polainas y sirven para librar al jinete de los golpes del caballo.
Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le examinaba atentamente con una expresión de vacilación tímida.
El Jaguar reparó en ello y le preguntó:
—¿Qué tiene V.?