—Nada, dijo la joven balbuceando.
—Me engaña V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dígame V. la verdad.
—Pues bien, respondió la joven con una vacilación cada vez más marcada, tengo que pedir a V. un favor.
—¿A mí?
—Sí.
—Hable V. pronto, niña; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo de antemano.
—¿Me lo jura V.?
—¡Lo juro!
—Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitán de dragones que estaba aquí esta mañana, le conceda V. su protección.
El joven se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.