—¡Ah! exclamó, ¿con que es cierto lo que me han dicho?

—No sé a qué alude V.; pero le reitero mi súplica.

—No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aquí después que él se marchó.

—Sí, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; ¿a qué buscar un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale más obrar con entera franqueza.

—Está bien, respondió el Jaguar con voz sombría y con un tono de ironía mordaz; tranquilícese V., Carmela; defenderé a su amante.

Y se lanzó precipitadamente fuera de la sala poseído de la más violenta cólera.

—¡Oh! ¡Qué bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclamó la joven dejándose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. ¡Es un corazón de tigre lo que su pecho encierra!

Ocultó su rostro entre ambas manos y prorrumpió en sollozos.

En el mismo instante se oyó fuera el galope rápido de un caballo que se alejaba.