En efecto, el infortunado y célebre Roberto de la Salle, encargado por el marqués de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisipí en 1684, se equivocó y entró en el Río Colorado, por el cual bajó con suma dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tomó posesión del país y construyó un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos aquí en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos veces intentó trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este de Méjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados que formaban parte de su tropa.
Un recuerdo más reciente nos une de nuevo a Tejas, porque allí fue donde en 1817, y bajo el nombre de Campo de Asilo, intentó el general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos desventurados de los invencibles ejércitos del primer imperio. Esta colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema despótico observado siempre en el Nuevo Mundo por los españoles de aquel tiempo, y que consistía en no dejar bajo ningún pretexto que se estableciesen extranjeros en punto alguno de su territorio.
Se nos perdonará que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se reflexione que aquel país, libre tan solo de veinte años a esta parte, de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectáreas, habitado cuando más por doscientos mil individuos, ha entrado sin embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha de llamar la atención de los gobiernos europeos y excitar las simpatías de los hombres inteligentes de todas las naciones.
En la época en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es decir, en la segunda mitad del año de 1812, el Tejas pertenecía todavía a Méjico; pero había comenzado ya su gloriosa revolución, y luchaba valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y proclamar su independencia.
Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos explicar cómo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que le debía su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban establecidos, por decirlo así, en el Tejas, y cómo el cazador tenía una hija, o al menos llamaba así al precioso ángel rubio y sonrosado que hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela.
Unos doce años antes del día en que comienza nuestro relato en la venta del Potrero, Tranquilo había llegado a aquella misma hostería seguido de dos compañeros y una niña de cinco a seis años, de cara despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era sino Carmela; en cuanto a sus compañeros, uno era Quoniam, y el otro un mestizo indio que atendía al nombre de Lanzi.
El sol se hallaba ya próximo a ocultarse cuando la reducida caravana paró delante de la venta.
El ventero, que en aquel país desierto, situado en la frontera india, estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan avanzada, había cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se disponía a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros personajes le obligó a modificar sus intenciones por aquella noche.
Sin embargo, solo con marcada repugnancia y después de las repetidas seguridades que le dieron los viajeros de que nada tenía que temer por parte de ellos, fue como se decidió a abrir la puerta e introducirlos en la casa.
Por lo demás, desde el momento en que se decidió a recibirlos, el ventero fue lo que debía ser, es decir, tan atento y servicial como puede permitirlo el carácter de los hosteleros mejicanos, que, sea dicho entre paréntesis, son la raza menos hospitalaria que existe.