Éste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta, ya de cierta edad, pero todavía listo y vivo.

Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral delante de una buena provisión de alfalfa, y que también ellos hubieron cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada larga, se estableció cierta confianza entre el ventero y ellos, merced a algunos tragos de refino de Cataluña, generosamente ofrecidos por el canadiense, y la conversación se entabló bajo el pie de la más franca cordialidad, mientras que la niña, cuidadosamente envuelta en el mullido zarapé del cazador, dormía con esa tranquila y cándida indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo y lo porvenir no existe todavía.

—¡Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echándole otro vaso de refino, ¿paréceme que lleva V. aquí una vida muy feliz?

—¡Yo!

—¡Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy seguro de que se levantará tarde.

—¿Qué otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he venido a perderme por mis pecados?

—Según eso, ¿escasean los viajeros?

—Sí y no; depende de la manera en que V. lo entienda.

—¡Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo.

—Sí, hay dos y muy diferentes.