—¡Hombre! Me alegraría de conocerlas.
—Es muy fácil. No faltan en el país vagabundos de todos colores y castas, y si yo quisiese llenarían mi casa todo el santo día; pero lléveme el diablo si me dejarían ver el color de su dinero.
—¡Ah! Muy bien. Pero supongo que esos señores no constituirán exclusivamente la parroquia de V.
—No; hay también los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los Pawnees, y qué sé yo cuantos más, que de vez en cuando vienen a rondar por los alrededores.
—¡Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. más que esos parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces debe V. recibir visitas más agradables.
—Sí, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin duda; pero los ingresos están siempre muy lejos de cubrir los gastos.
—Es claro. A la salud de V.
—A la de V.
—Pero entonces, permítame V. una observación que quizás le parecerá indiscreta.
—Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos amigos y no debemos contenernos.