—Tiene V. razón. Si se encuentra V. mal aquí, ¿por qué diablos permanece en este sitio?

—¡Ah! He ahí la cuestión: ¿a dónde quiere usted que vaya?

—¡Pardiez! No lo sé, a cualquiera parte, en donde siempre estará V. mejor que aquí.

—¡Ah! ¡Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un suspiro.

—¿Tiene V. a alguien consigo aquí?

—No, estoy solo.

—Pues bien, entonces ¿quién le detiene?

—¡Caramba! ¿Qué ha de ser? ¡El dinero! Todo cuanto yo poseía, y no era mucho, lo invertí en edificar esta casa y establecerme en ella, y aún eso gracias a los peones de la hacienda.

—¿Hay alguna hacienda por aquí?

—Sí, a unas cuatro leguas de distancia está la hacienda del Mezquite.