—¡Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, está bien, continúe V.

—De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a abandonarlo todo.

—¿Por qué no lo vende V.?

—¿Y quién lo compra? ¿Cree V. que sea fácil encontrar por aquí un individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y que esté dispuesto a hacer una tontería?

—¡Pardiez! No se sabe, acaso buscando podría encontrarse

—Vamos, caballero, ¡tiene V. gana de burlarse!

—En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y voy a probárselo a usted.

—Veamos.

—¿Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros?

—¿He dicho cuatrocientos?