—No andemos con tretas, lo ha dicho V.
—Muy bien, lo admito; ¿y qué más?
—¿Qué más? Que yo se la compro si V. quiere.
—¿Usted?
—¿Por qué no?
—¡Pardiez! Sería preciso verlo.
—Está visto: ¿quiere V., sí o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizás dentro de cinco minutos habré variado de intención, con que decídase V.
El ventero fijó una mirada investigadora en el canadiense.
—¡Acepto! dijo.
—Corriente; solo que no le daré a V. cuatrocientos duros.