Pero transcurrieron las semanas, los meses y los años sin que nada fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del cazador.
Carmela había llegado a ser una joven deliciosa; la venta se había hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta entonces por razón de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se resintió del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al centro del país; los viajeros llegaron a ser más frecuentes, y el cazador, que hasta entonces parecía que se había cuidado muy poco de lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada, comenzó a sentirse inquieto, no por sí, sino por Carmela, que se hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo de los enamorados a quienes su hermosura atraía cual la miel a las moscas, sino también de los hombres sin fe y sin conciencia que los disturbios habían hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar.
El cazador, no queriendo dejar por más tiempo a la joven en la posición peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocupó activamente en conjurar las desgracias que preveía, pues si bien por ahora es imposible saber los vínculos que le unían con Carmela, quien le daba el nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cariño y tenía para con ella una abnegación absoluta; en esto le imitaban Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer, ni una niña, sino un ídolo a quien adoraban de rodillas y por el cual habrían sacrificado con júbilo hasta sus vidas a la más leve indicación suya.
Una sonrisa de Carmela les hacía felices, el más mínimo gesto de mal humor suyo les ponía tristes.
Debemos añadir que Carmela, a pesar de que conocía toda la extensión de su poder, no abusaba de él, y que su mayor alegría consistía en verse rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles.
Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna, pero los únicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penúltimo capítulo.