Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza, pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa.

Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arrancó un puñado de yerba y le tiró por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la tiró al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de tomar posesión de la finca.

—Sean VV. testigos, Señores, volvió a decir el mayordomo, de que el señor Tranquilo, aquí presente, toma legalmente posesión de esta finca. ¡Dios y libertad!

—¡Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. ¡Viva el nuevo huésped!

Habíanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa en donde Tranquilo suministró sendos tragos de vino a sus testigos, a quienes esta munificencia inesperada colmó de alegría.

El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretón de mano al comprador, montó a caballo y se marchó deseándole buena suerte. Desde aquel día no se volvió a oír hablar de él.

He ahí cómo había llegado el cazador a Tejas y cómo se estableció.

Dejó a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a él, merced a la protección del mayordomo, que le recomendó a su amo D. Hilario de Vaureal, entró en la hacienda del Mezquite en calidad de tigrero o cazador de tigres.

Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razón se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podrían haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense a retirarse allí; pero todas las tentativas hechas por los curiosos para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron, quedaron sin resultado; los compañeros de Tranquilo y aún él mismo permanecieron mudos; en cuanto a la niña, ella nada sabía.

Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicación de aquel enigma, confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por fin la verdad tan cuidadosamente encubierta.