—¿Queda convenido?

—Sí Señor.

—Entonces, mañana al salir el sol que estén preparados los testigos.

—Lo estarán.

En esto quedó la conversación. Los viajeros se envolvieron en sus mantas y zarapés; se tendieron en el áspero suelo de la sala y se durmieron. El ventero les imitó.

Según lo habían convenido, el ventero, un poco antes de amanecer, ensilló su caballo y se ocupó en procurarse los testigos necesarios para la validez de la transacción; con este objeto se fue a rienda suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de vuelta. Le acompañaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho peones.

El mayordomo, que era el único que sabía leer y escribir, redactó una escritura de venta; luego reunió a todos los circunstantes y la leyó en alta voz.

Tranquilo sacó entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de oro, y las extendió sobre la mesa.

—Señores, dijo el mayordomo dirigiéndose a los circunstantes, sean VV. testigos de que el señor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero.

—Somos testigos, respondieron todos.