En aquella época, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila, formaba todavía un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila.
La caravana mandada por el capitán D. Juan Melendez había salido ocho días antes de Nacogdoches para trasladarse a Méjico; solo que el capitán, con arreglo a instrucciones que recibiera, había abandonado el camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas clases, y había dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos de la sierra de San Sabas, que sin embargo tenía que cruzar, pero por la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las elevadas mesetas, bajándose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes de terreno tan temibles para los viajeros.
Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitán estuviesen cargadas con una mercancía muy preciosa para que el gobierno federal, a pesar de las pocas tropas que tenía en el Estado, se hubiese decidido a hacerlas acompañar por cuarenta dragones mandados por un oficial tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias, sin duda alguna habría sido muy necesaria, si no indispensable, en el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y mantener a los habitantes en la senda del deber.
En efecto, aquellas mercancías eran muy preciosas: aquellas mulas conducían tres millones de duros que de seguro habrían sido una buena presa para los insurgentes si hubiesen caído en sus manos.
Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominación de los virreyes, el pabellón español, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el más leve riesgo el territorio de Méjico en toda su anchura; tan grande era el terror inspirado por el solo nombre de la España.
A la sazón no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez las que cuarenta hombres resueltos parecía que no habían de bastar para proteger.
El gobierno había juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para expedir aquella conducta de dinero, esperada en Méjico hacia mucho tiempo; habíase guardado el más profundo silencio acerca del día y la hora de la partida y del camino por donde se dirigiría.
Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el género de mercancía que contenían; las mulas, enviadas una después de otra en medio del día, y confiadas únicamente a sus arrieros, solo a quince leguas de la ciudad se habían reunido con la escolta que, bajo un pretexto plausible, hacía un mes que estaba acantonada en un antiguo presidio.
Así pues, todo se había previsto y calculado con el mayor esmero y la mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercancía preciosa; los arrieros, que eran los únicos que conocían el valor de su cargamento, tenían buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo poco que poseían servía de fianza para la seguridad de su flete, y para ellos era cuestión de verse completamente arruinados si los robaban en el camino.
La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquilón de la nena: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento a sus mulas.