Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitán escuchaba con indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando dirigía a la desierta llanura una mirada escudriñadora.
—Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compañero, ahora ya no debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la mañana está magnífica, y todo nos anuncia un buen día.
—Sí, sí, respondió el fraile riendo, gracias a Nuestra Señora de la Soledad, Señor Capitán, estamos en las mejores condiciones que pueden imaginarse para hacer un viaje.
—Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; temí que el despertar algo brusco de esta mañana le hubiese puesto de mal humor.
—¡A mí! Válgame Dios, Señor Capitán, respondió el fraile con fingida humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos sin murmurar a todas las tribulaciones que el Señor tenga a bien enviarnos, y luego la vida es tan corta, que más vale no ver más que su lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de alegría a que podemos tener derecho.
—¡Bravo! He ahí una filosofía que me gusta. Es V. un buen compañero, padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos.
—Eso dependerá algún tanto de V., Señor Capitán.
—¡De mí! ¿Cómo es eso?
—¡Pardiez! Será según la dirección que se proponga V. seguir.
—¡Ya! dijo D. Juan; ¿pues hacia dónde va usted, padre?