Esta antigua táctica de responder a una pregunta con otra es excelente, y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile quedó cogido; pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que debía ser, es decir, evasiva.
—¡Oh! Para mí, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son casi iguales; mi hábito me asegura buena cara y buena acogida en todos los puntos a donde la casualidad me lleve.
—Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me dirigió V. hace un momento.
—¡Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Señor Capitán; sentiría en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me dispense.
—No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razón tengo para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que voy escoltando no me interesa lo más mínimo; mañana o pasado, a más tardar, pienso separarme de ella.
El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa.
—¡Ah! ¿De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor.
—Sí por cierto, continuó diciendo con indiferencia el capitán; esos pobres hombres me han rogado que les acompañe durante algunos días, por temor de las gavillas que infestan los caminos. Según parece, llevan mercancías de bastante valor y no les gustaría ser robados.
—¡Ya lo creo!
—Así pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros, los abandonaré para internarme en las praderas con arreglo a las instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos comienzan a agitarse.