—Es muy probable.

—Pues bien, yo continuaré caminando con los arrieros; como entonces habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendré que temer, y mi viaje continuará de la manera más agradable que puede imaginarse.

—¡Ah! dijo el capitán dirigiéndole una mirada penetrante.

Pero no pudo continuar esta conversación, que parecía interesarle mucho, porque un jinete de la vanguardia llegó a rienda suelta, se paró junto a él, y acercándose a su oído, le dijo algunas palabras en voz baja.

El capitán dirigió en torno suyo una mirada investigadora, se afirmó en la silla, y dirigiéndose al soldado, dijo:

—Está bien. ¿Cuántos son?

—Dos, mi Capitán.

—Vigílelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros; cuando lleguemos al primer alto los interrogaré. Vaya V. a reunirse con sus compañeros.

El soldado se inclinó respetuosamente sin responder, y se alejó al mismo paso con que había llegado.

Hacía mucho tiempo que el capitán Melendez había acostumbrado a sus subordinados a no discutir sus órdenes y a obedecerlas sin vacilar.