Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Méjico, en donde la disciplina militar es casi nula y la subordinación casi desconocida.

D. Juan mandó a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el paso.

El fraile había visto con secreta inquietud el coloquio que medió entre el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra. Cuando el capitán, después de vigilar atentamente la ejecución de las órdenes que había dado, volvió a ocupar su puesto junto a fray Antonio, este intentó chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la expresión de gravedad que había oscurecido repentinamente el semblante del oficial.

—¡Oh! ¡Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, ¡qué mal humorado está V., Capitán! ¿Ha visto V. volar tres búhos por su derecha? Los paganos aseguran que es mal presagio.

—¡Puede ser! respondió el capitán con sequedad.

El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tenía de amable ni amistoso, y el fraile comprendió que toda conversación sería imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordió los labios y continuó caminando silencioso al lado de su compañero.

Una hora después llegaron al sitio en que debían acampar; ni el oficial ni el fraile habían pronunciado una palabra: solo que, a medida que se acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro parecía que iban estando más inquietos.


[XV.]

EL ALTO.