En el momento en que la caravana llegaba al sitio designado para hacer alto, el sol había desaparecido por completo en el horizonte.
Aquel paraje, situado en la cumbre de una colina bastante escarpada, había sido elegido con esa sagacidad que distingue a los arrieros del Tejas o de Méjico; toda sorpresa era imposible, y los árboles seculares que guarnecían la cresta de la colina podían ofrecer seguro abrigo contra las balas en caso de un ataque.
Las mulas fueron descargadas; pero contra el uso consagrado en tales casos, los fardos, en vez de servir de parapeto o atrincheramiento al campamento, fueron amontonados y colocados fuera del alcance de los merodeadores que la casualidad o la codicia pudiesen atraer hacia aquella parte cuando fuesen más densas las tinieblas.
Encendiéronse en círculo siete u ocho hogueras grandes para alejar a las fieras; las mulas recibieron su ración de maíz sobre unas mantas tendidas en el suelo. Después, tan luego como se hubieron colocado los centinelas en torno del campamento, los soldados y los arrieros se ocuparon con actividad en preparar una cena frugal que las fatigas del día hacían necesaria.
El capitán Melendez y el fraile, un poco retirados y colocados junto a una hoguera encendida expresamente para ellos, comenzaron a fumar sus pajillas, mientras que el asistente del oficial preparaba a toda prisa la cena para su amo, cena que, debemos confesarlo, era tan sencilla como la de los demás individuos de la caravana, pero que el hambre tenía el privilegio de hacer que fuese, no solo apetitosa, sino también casi suculenta, a pesar de que solo se componía de algunas lonchas de tocino y de cuatro o cinco galletas.
El capitán terminó muy luego su cena. Se levantó, y como había anochecido por completo, fue a recorrer los centinelas para cerciorarse de que todo estaba en orden. Cuando hubo vuelto a ocupar su puesto junto al fuego, fray Antonio, con los pies hacia la lumbre y cuidadosamente envuelto en su mullido zarapé, dormía o al menos así lo parecía.
D. Juan le examinó un instante con una expresión indescriptible de odio y de desprecio, movió la cabeza dos o tres veces con aspecto meditabundo, y llamando a su asistente que estaba de pie a pocos pasos de él aguardando sus órdenes, le mandó que los dos prisioneros fuesen conducidos a su presencia.
Estos prisioneros habían sido mantenidos hasta entonces en un sitio apartado. Aunque se les trataba con suma consideración, les fue fácil observar que se les custodiaba y vigilaba con el mayor cuidado; sin embargo, ya fuese porque no les importase, o por cualquiera otra causa, no dieron a entender que comprendiesen se les detenía como cautivos, porque les habían dejado sus armas; y al ver sus formas musculosas y sus facciones enérgicas, a pesar de que los dos tenían ya una edad provecta, era de suponer que cuando llegase el momento en que quisiesen recobrar su libertad, serían hombres muy capaces de reconquistarla por la fuerza.
Sin hacer observación alguna siguieron al asistente del jefe, y muy luego se hallaron delante de este.