La noche estaba oscura; pero las llamas de la hoguera derramaban una claridad bastante viva para iluminar el rostro de los dos hombres.
Al verlos, D. Juan no pudo contener un gesto de sorpresa; entonces uno de los prisioneros se puso con viveza un dedo en los labios para encomendarle la prudencia, y con una ojeada le designó al fraile tendido cerca de ellos.
El capitán comprendió aquel aviso silencioso, al cual contestó con una leve inclinación cabeza, y fingiendo la mayor indiferencia, se puso a liar un cigarrillo y dijo:
—¿Quiénes son VV.?
—Unos cazadores, respondió uno de los prisioneros sin vacilar.
—Hace algunas horas se les encontró a VV. parados en la orilla del río.
—Es cierto.
—¿Qué hacían VV. allí?
El prisionero dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y luego, fijando de nuevo los ojos en su interlocutor, dijo:
—Antes de seguir contestando a las preguntas de V., desearía dirigirle una a mi vez.