—¿Cuál es?
—¿Con qué derecho me interroga V.?
—Mire V. en torno suyo, respondió el capitán con ironía.
—Sí, entiendo, con el derecho de la fuerza, ¿verdad? Desgraciadamente ese derecho no le reconozco yo. Soy un cazador libre, no reconozco ningún dueño ni más ley que mi voluntad.
—¡Hola! ¡Hola! compañero, ¡muy orgulloso es su lenguaje!
—Es él de un hombre acostumbrado a no doblegarse ante ningún poder arbitrario; para apoderarse de mí ha abusado V., no de su fuerza, porque sus soldados me habrían muerto antes que obligarme a seguirles si tal no hubiese sido mi intención, sino de la facilidad con que me fie de ellos; así pues, protesto ante V. y reclamo que inmediatamente se me ponga en libertad.
—Las palabras altaneras de V. no me imponen en manera alguna; y si se me antojase hacerle a V. hablar, sabría obligarle a ello por medio de ciertos argumentos irresistibles que tengo a mi disposición.
—Sí, dijo el prisionero con amargura, los mejicanos se acuerdan de sus antepasados los españoles, y en caso necesario saben echar mano del tormento. Pues bien, inténtelo V., Capitán, ¿quién se lo impide? Espero que mis pobres canas no flaquearán ante el juvenil bigote de V.
—Dejemos eso, exclamó el capitán en tono de mal humor; si yo le permitiese a V. marcharse, ¿libertaría a un amigo o a un enemigo?
—Ni lo uno ni lo otro.