—¡Eso es! Ahora, amigos míos, podéis ejecutar con entera seguridad las órdenes de vuestro capitán: ese hombre es ya, para vosotros, lo mismo que cualquier otro.
La acción atrevida del cazador había roto súbitamente el encanto que contenía a los soldados. Tan luego como el temido hábito dejó de cubrir los hombros del fraile, sin escuchar ya los ruegos ni las amenazas se apoderaron del reo, a pesar de sus gritos le ataron con solidez a un árbol, y le administraron concienzudamente los doscientos chicotazos decretados por el capitán, mientras que los cazadores presenciaban la ejecución, contando con sorna los golpes y riéndose a carcajadas al ver las contorsiones del miserable a quien el dolor hacía retorcerse como una serpiente.
Al llegar al latigazo ciento veintiocho, el fraile calló: el sistema nervioso, completamente trastornado, le dejó insensible; sin embargo no se había desmayado, sus dientes estaban apretados, una espuma blanquecina se escapaba de sus labios; miraba con fijeza delante de sí sin ver, sin dar más pruebas de que existía que los profundos suspiros que de vez en cuando agitaban su poderoso pecho.
Cuando se hubo concluido la ejecución y le desataron, cayó y permaneció en el suelo como una masa inerte.
Le volvieron a poner su hábito y le dejaron allí, sin cuidarse de lo que pudiese acontecerle.
Los dos cazadores se habían alejado después de hablar algunos instantes en voz baja con el capitán.
El resto de la noche trascurrió sin incidente alguno.
Algunos minutos antes de salir el sol, los soldados y los arrieros se levantaron para cargar las mulas y preparar lo todo para continuar el viaje. Luego se dio la orden para ponerse en marcha.
—¿Dónde está el fraile? exclamó de pronto el capitán; no podemos abandonarle así. Tenderle sobre una mula, y le dejaremos en el primer rancho que encontremos.
Los soldadas se apresuraron a obedecer y a buscar a fray Antonio; pero todas las pesquisas fueron inútiles: había desaparecido sin dejar rastro alguno de su fuga.