—¡Miserables! gritó el fraile fuera de sí, a aquel de vosotros que se atreva a tocarme le maldigo: ¡por haber puesto la mano sobre un ministro del altar, estará condenado eternamente!
Los soldados se detuvieron asustados ante este anatema.
El fraile se cruzó de brazos, y desafiando al oficial con aspecto triunfante, le dijo:
—¡Desventurado insensato! Podría castigarte por tu audacia, pero te perdono. Dios se encargará de mi venganza. Él será quien te castigue cuando haya sonado la hora. Adiós. ¡Vamos! Abridme camino, vosotros.
Los dragones, confundidos y atemorizados, se apartaron lentamente y vacilando ante él; el capitán, obligado a reconocer su impotencia, apretaba los puños y dirigía miradas coléricas en torno suyo.
El fraile había salido casi de entre las filas de los soldados cuando de pronto sintió que le detenían de un brazo; se volvió con la intención evidente de reprender severamente al individuo bastante audaz para atreverse a tocarle; pero la expresión de su rostro varió de improviso al conocer al que le detenía mirándole con aspecto burlón, pues no era sino el prisionero desconocido, causa primera del insulto que se le había inferido.
—Aguarde V. un momento, padre, dijo el cazador. Comprendo que esos hombres, que son católicos, teman la maldición de V. y no se atrevan a ponerle la mano encima por miedo a las llamas eternas; pero yo, es muy diferente; soy hereje, como V. sabe, y por lo tanto nada aventuro desembarazándole de su hábito. Así pues, si V. lo permite, voy a hacerle ese pequeño favor.
—¡Oh! dijo el fraile rechinando los dientes, ¡te mataré, John; te mataré, miserable!
—¡Bah! ¡Bah! La gente amenazada vive mucho tiempo, repuso John obligándole a despojarse del hábito de fraile que vestía.
Después añadió: