D. Juan se sonrió con desprecio, y respondió:

—Se le acusa a V. de haber querido hacer caer la conducta de plata confiada a mi cuidado en una emboscada preparada por V., y en la que en este momento nos aguardan sus dignos secuaces para robarnos y asesinarnos. ¿Qué responde V. a eso?

—¡Nada! dijo el fraile con sequedad.

—Hace V. bien, porque sus negativas no serían aceptadas. Solo que, ahora que está V. confeso y convicto, no se me escapará sin que le deje un recuerdo eterno de nuestro encuentro.

—Cuidado con lo que va V. a hacer, Señor Capitán, que pertenezco a la Iglesia, y este hábito me hace ser inviolable.

Una sonrisa burlona arqueó los labios del capitán, y dijo en tono irónico:

—No quede por eso: le quitarán a V. el hábito.

La mayor parte de los soldados y los arrieros, despertados por las voces que daban el fraile y el oficial, se habían ido acercando poco a poco, y seguían atentamente el curso de la discusión.

El capitán señaló al fraile con el dedo, y dirigiéndose a los soldados, les dijo:

—Quiten VV. el hábito a ese hombre, átenle a un árbol y aplíquenle doscientos chicotazos.