—Vamos, no se muestre tan sorprendido, fray Antonio, dijo por fin el prisionero, pues bien sabe V. que a V. era a quien esperábamos.

—¡A mí! repuso el fraile con voz ahogada, ¡por mi alma que ese miserable está loco!

—No estoy loco, padre, y puede V. ahorrarse los epítetos con que se complace en regalarme el oído, respondió el prisionero con sequedad.

—Vamos, resígnese V., dijo brutalmente el cazador que hasta entonces había permanecido silencioso. No tengo ganas de bailar en el extremo de una cuerda por darle a V. gusto.

—Lo cual sucederá sin duda alguna, observó tranquilamente el capitán, si VV. no se deciden, Señores, a darme una explicación clara y categórica acerca de su conducta.

—¡Eh! Ya lo ve V., fray Antonio, replicó el prisionero; la posición principia a ser escabrosa para nosotros. Vamos, haga V. bien las cosas.

—¡Oh! exclamó el fraile ciego de rabia, ¡he caído en un lazo terrible!

—¡Basta! dijo el capitán con voz fuerte; está farsa ha durado ya demasiado, fray Antonio. No es V. quien ha caído en un lazo horrible; por el contrario, a mí era a quien quería V. poner en ese caso: hace mucho tiempo que conozco a V. y tengo los pormenores más circunstanciados acerca de sus proyectos. Era una partida peligrosa la que estaba V. jugando hace mucho tiempo; no se puede servir a la vez a Dios y al diablo sin que al fin y a la postre se descubra todo. Únicamente he querido carear a V. con estas buenas gentes a fin de confundirle y arrancarle la hipócrita máscara con que se encubre.

Al oír este rudo apostrofe, el fraile se quedó cortado por un momento, doblegado ante la evidencia de los cargos que se le dirigían; al fin levantó la cabeza, y volviéndose hacia el capitán, le dijo con tono altanero:

—¿De qué se me acusa?